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La comunidad del parque

Declarado zona típica en el año 2006, el barrio Parque O’higgins enfrenta a vecinos que viven en el sector desde hace más de sesenta años y otros moradores que han llegado hace escasos años con la ilusión de rescatar el barrio y poner en marcha planes que promuevan un uso provechoso del lugar.  Mientras algunos habitantes denuncian que hace falta establecer una junta de vecinos que contribuya al diálogo, hay edificios de veinte pisos que le restan importancia a casas que datan desde los años veinte.

Durante los días sábado y domingo, son muchas las familias que deciden ir a pasar el rato al aire libre al parque. Tanto niños como adultos andan en patines, pedalean sus bicicletas o descansan en el pasto mientras comen algo. En paralelo, el parque de diversiones Fantasilandia abre sus puertas para recibir a aquellos que disfrutan de los juegos adrenalínicos. Al caminar en dirección al poniente, se encuentran algunas canchas de basketball que son muy cotizadas sobre todo por los jóvenes, quienes organizan desde encuentros para matar la tarde, hasta campeonatos que rivalizan a grupos de basketbolistas de diferentes comunas. Sin embargo, el paso de los visitantes del parque, muchas veces es fácil de reconocer; botellas, papeles y pañales son solo algunos de los hallazgos que se pueden encontrar a lo largo de sus ochenta hectáreas.

Pía Montealegre es una arquitecta que vive desde hace cuatro años y medio en la calle Beaucheff junto a su marido y su hijo, al frente de la entrada poniente del Parque Ohiggins. Cuenta que su motivación para irse a vivir a este barrio patrimonial de Santiago Centro, nació a raíz de la tesis que desarrolló para su magister en Desarrollo Urbano de la Universidad Católica. Sobre su relación con el resto de los vecinos del sector, explica “existen algunas organizaciones de vecinos del sector desde hace mucho tiempo pero son un poco cerradas (…) yo traté de participar en algunas de ellas y me di cuenta de que teníamos posturas muy distintas respecto al patrimonio, de hecho tuvimos fuertes enfrentamientos al desarrollar nuestros puntos de vista”.

Por su parte, Herman Valenzuela, quien también vive en Beaucheff, en la intersección con la calle Allende Padín, dice haber nacido en esa misma casa. Hoy vive junto a su esposa Margarita y su hija de nueve años. En su opinión, antes la junta de vecinos funcionaba muy bien y eran muy unidos. Tanto así, que la relación entre vecinos trascendía a los deberes de mejoramiento del barrio y se juntaban entre ellos a pasar el rato. No obstante, relata que hoy en día han llegado muchos habitantes nuevos al sector y que el vínculo entre vecinos ya prácticamente desapareció. A juzgar por la forma en que se refiere a estos nuevos moradores, se intuye que su rechazo se funda en la construcción de nuevos edificios que rodean las calles aledañas al parque Ohiggins, pues mientras habla de estos nuevos vecinos, apunta hacia un edificio en la esquina de Tupper con Beaucheff. “Nadie se saluda, si uno saluda no te saludan de vuelta, entonces uno ya no interactúa con los demás y se va aislando”.

Sobre los eventos que se realizan al interior del parque, tanto Pía como Herman dicen no tener reproches sobre el volumen de la música o desechos que podrían terminar a las afueras de sus casas. Sin embargo están de acuerdo en una cosa: la administración del Parque Ohiggins debería implementar regulaciones que ayuden a la conservación del lugar, pues, si bien el ruido no les molesta, al día siguiente de un evento organizado al interior del parque, ellos quisieran disfrutar del lugar sin tener que mover botellas para sentarse. La arquitecta denuncia “respecto a cómo mejorar la convivencia entre vecinos y usuarios, yo creo que hace falta poner el foco en el bienestar del lugar y no en capturar fondos”.

Marisa tiene 63 años y vive en la calle Club Hípico de Santiago a la altura del 1728. Respecto a la arquitectura del lugar, dice que su casa, al igual que muchas de la manzana, están construidas de ladrillo revestidas en adobe y que estos materiales han sido infalibles para los terremotos. Al preguntarle sobre la relación con sus vecinos, su versión discrepa con la de Pía y Herman, y explica que las dos casas que colindan con la suya son de personas que viven desde hace más de cuarenta años en el barrio, por lo que son viejos conocidos y se consideran muy unidos.

La gran mayoría de las casas comprendidas entre las calles Tupper y Rondizzoni están impecables, con balcones refaccionados y pintadas de diferentes y llamativos colores. El tener perro y estacionar el auto en la calle es algo que se repite, como así también una placa que enuncia “Yo cuido a mi vecino” pegada en el frontis de una gran cantidad de casas. Algunas son pareadas mientras que otras se encuentran solas en el terreno de tierra que les corresponde.

Lo que es común tanto a casi todas las residencias del sector como a sus dueños, es la idea de respetar, resguardar y proteger la identidad del barrio. Todos están de acuerdo en que el barrio residencial entre “los inmensos vacíos arquitectónicos que son el Parque Ohiggins y el Club Hípico” en palabras de la arquitecta Pía Montealegre, es un sector digno de rescatar y mantener “de punta en blanco”.

 

 

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