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Impunidad en la 421

Florencia tiene 22 años y estudia derecho en la Universidad de Los Andes. Acaba de cambiarse de casa a un departamento en la avenida Vitacura y justo en la entrada de su edificio hay un paradero de micro en el que se especifica que pasan tres troncales con recorridos distintos. Justamente uno le serviría para subir a la universidad, pero una mala experiencia al interior del Transantiago en el año 2012, hace que esta joven recuerde una serie de imágenes que la hacen preferir evitar, cuando puede, andar en micro. Mientras hace memoria sentada en el sillón de la consejería, de la risa nerviosa pasa al asco y de las muecas de disgusto termina en la rabia.
Una tarde para el olvido
Al salir de clases, todos los días Florencia tomaba dos buses del Transantiago para volver a su casa en compañía de algunas compañeras. Como era de costumbre, se subían en el mismo lugar y descendían en bajadas similares en términos de distancia, por lo que esta estudiante nunca se quedaba muchas cuadras sola y casi siempre su pareja de asiento era alguien conocido. Sin embargo, un día tuvo que quedarse hasta más tarde en el colegio y le tocó bajar sola, por lo que esperó sentada en el paradero hasta que pasó la 421, troncal que conecta las comunas de Las Condes y Maipú. Tal como cuenta, habían varios asientos desocupados pero ninguno en donde los dos estuvieran disponibles, así es que decidió sentarse al lado de un niño que, a su juicio, además de verse totalmente normal, aparentaba tener unos catorce años. El chofer manejaba la micro 421 a la altura del Mall Apumanque, cuando la estudiante de derecho se dio cuenta de que su compañero de asiento se estaba masturbando al mismo tiempo que la miraba.

¿Había gente sentada cerca de ustedes?
Es que como te digo, la micro no estaba tan llena, pero no había una pareja de asientos desocupados, entonces al rededor mio iban aproximadamente 5 personas, pero todos medio lejos. Así es que nadie se dio cuenta…

La primera reacción de Florencia fue cambiarse de asiento. Recuerda que el primer puesto desocupado alejado del acosador, se encontraba al lado de una señora mayor, quien en ese momento se convirtió en su cómplice. Hace memoria y ahora encuentra muy extraña su reacción, pues inmediatamente al cambiarse de lugar, atinó a mandarle una nota de voz a una amiga contándole con detalles lo que le había pasado. Debido al calibre del relato de la joven, la mujer que la acompañaba le hizo gestos de repudio al menor de edad, lo que produjo que éste se bajara rápidamente de la micro, incluso sin haber alcanzado a subirse los pantalones.
De brazos atados
El Capitán Gonzalo Muñoz trabaja desde hace tres años en la 37ª Comisaría de Vitacura ubicada en la calle Puerto Rico, no obstante, aclara que lleva catorce años vinculado al cuerpo de Carabineros de Chile. Cuenta que en su experiencia, no es común recibir denuncias de acoso callejero propiamente como tal, puesto que al no existir una ley que respalde este tipo de delitos ni especifique los castigos que se les debe ejercer a quienes incurran en este tipo de ofensas, es prácticamente imposible hacer algo al respecto. A modo de consuelo, agrega “el tema de la creación de una ley, a nosotros nos podría dar una herramienta jurídica mayor para actuar en contra de quienes cometan actos de esta índole (…) se podría hacer un control de identidad e incluso llevar detenida a una persona”. Dentro del punto de vista social, el Capitán Muñoz cree que serían más mujeres las que llegarían hasta Carabineros para hacer denuncias por acoso callejero y que el rango etario que está más expuesto, son las mujeres más jóvenes, tal como le pasó a Florencia Cubillos.
Optimista pero alerta
Desde el incidente, esta estudiante de derecho asegura que al andar por la calle sola va un poco más nerviosa y que sin lugar a dudas preferiría ir acompañada. Sin embargo, Florencia sabe que esta no es la realidad ni tampoco está dispuesta a aceptarla. “No me molesta andar sola en la calle como para dejar de hacerlo, he seguido siendo independiente y camino por la calle todo el rato. Frente a la creación de organizaciones como el Observatorio contra el Acoso Callejero, dice sentirse respaldada y piensa que está muy bien que organismos como ese promuevan el acceso a la información sobre este tema y reciban denuncias. Si en el 2012 se rió de lo que le había pasado, hoy en día difícilmente lo dejaría pasar, cree que era más niña y que intentó bajarle el perfil a una situación en donde claramente ella fue la víctima. Toma su celular para ver la hora. El dibujo de la mujer negro con rosado mostrando la palma de una mano y un corazón en ella, compañía de las palabras ni una menos, es su fondo de pantalla e indica que son las 19:35. “En esa época no estaba en boga el acoso callejero, entonces uno no sabía, ahora uno sabe a qué está enfrentándose. Finalmente se están masturbando con tu imagen y eso es una falta de respeto atroz y algo asqueroso”.

Tal como se comunica en una publicación de la ONU a través de su sitio web, “el martes 17 de marzo hizo ingreso al Parlamento chileno el Proyecto de Ley Respeto Callejero del Observatorio contra el Acoso Callejero de Chile (OCAC Chile), que busca introducir modificaciones al código penal que permitan catalogar a las prácticas de violencia sexual callejero en delitos sancionables”. Cabe destacar que esta moción contó con el apoyo de los diputados Camila Vallejo, Karla Rubilar, Yasna Provoste, Karol Cariola, Loreto Carvajal, Daniella Cicardini, Marcela Sabat, Vlado Mirosevic, Giorgio Jackson y Gabriel Boric. Por su parte, la psicóloga y voluntaria del Observatorio contra el Acoso Callejero, Mónica Molina argumenta que la Ley Respeto Callejero no se ha puesto en práctica con la rapidez que le gustaría y que en la actualidad descansa en el Senado.

Revisa a través de este link las cifras que dejó el estudio del Observatorio contra el Acoso Callejero con aportes de la Unión Europea y la ONU Mujeres citado en esta crónica.
En los siguientes enlaces de SoundCloud podrás escuchar las entrevistas completas

Finalmente, al ver este video puedes despejar algunas dudas que te hayan quedado sobre la OCAC
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Cuando la lucha personal se convierte en motor para difundir un mensaje

Hacia fines del 2013, Mónica Molina leyó a través de una nota de prensa sobre la creación del Observatorio contra el Acoso Callejero. En ese momento se dio cuenta de que se empezaba a gestar, entre un grupo de mujeres comprometidas con erradicar o a lo menos repudiar el acoso callejero, una organización en la que debía participar. Hoy, y tras cumplir su tercer año como voluntaria de dicho organismo, siente que, en gran parte, el mensaje ha sido entregado a los chilenos.
Esta psicóloga clínica tiene 26 años y trabaja desde hace tres en el OCAC. Al igual que la Presidenta de la organización, Francisca Valenzuela, sus ganas por desempeñarse en un trabajo que le permitiera poner en acción sus conocimientos y su crítica, la llevaron a levantar la voz por el acoso en plena calle. Actualmente su rol en la OCAC está enfocado en la difusión de la causa a través de charlas para universidades y la creación de encuestas que se implementan a nivel nacional. Si bien asegura no haberse salvado del acoso callejero, espera que su trabajo en el Observatorio contra el Acoso Callejero trascienda fundamentalmente “para poner sobre el tapete temas feministas y de agenda de género”.

Inicio laboral

¿Cómo ingresaste a trabajar como voluntaria en el OCAC? ¿Qué estudiaste?
Soy psicóloga, me formé en clínica, de hecho ahora trabajo atendiendo pacientes, y soy estudiante del Magíster en Psicología Clínica de la Universidad de Chile. Entré a la OCAC en mayo del 2014 y soy específicamente del equipo de estudios, ahí lo que hacemos son investigaciones, damos algunas entrevistas, también hacemos charlas y talleres, sobre todo enfocado en universidades.
Mónica cuenta que se enteró de este organismo a través de una nota periodística publicada hacia fines del 2013 en el sitio web de la Radio Bío Bío, y que desde el momento en que leyó cuáles eran los fundamentos e ideales a promover de la socióloga de la Universidad de Chile, Francisca Valenzuela, junto a dos compañeras más de carrera, se sintió llamada a participar.
¿Qué repercusiones ha traído la creación de este organismo?
Yo entré al observatorio contra el acoso callejero porque ya tenía una crítica hacia el fenómeno, de hecho me incorporé porque me pareció súper interesante que alguien pusiera en palabras y se organizara para hacer algo al respecto, algo de lo que yo estaba en contra desde hace mucho tiempo, pero que no había encontrado lugar donde trabajar. Entonces en ese sentido, fue como encontrar un lugar donde yo pudiera poner en acción mis conocimientos y mi crítica.
OCAC y la sociedad
La psicóloga explica que no maneja con claridad en qué se encuentra hoy en día la tramitación del Proyecto de Ley Respeto Callejero, pues esa tarea quedó en manos del equipo legislativo del Observatorio contra el Acoso Callejero. Sin embargo, sabe que no se ha avanzado con la rapidez que le gustaría y que aparentemente descansa en el Senado. De todas formas, Mónica siente que contribuyó indirectamente al momento de construir el proyecto de ley, ya que de la mano del equipo de estudios, participó en la formulación de una encuesta que se aplicó a nivel nacional con la finalidad de conocer y medir la recepción de los chilenos y chilenas respecto al acoso callejero. Finalmente, cataloga de indirecto su apoyo porque dicha encuesta fue sostén trascendental para la estipulación de esta ley.
¿Crees que el Observatorio ha contribuido a cambiar el paradigma del acoso en la calle?
Si, de partida el mismo hecho de fundar el Observatorio y que se haya propuesto el concepto de acoso sexual callejero, eso ya marca una diferencia (…) el mismo hecho de fundar un concepto que ya le da la connotación de algo violento, yo creo que eso ya ha generado una fuerte repercusión. El gesto, fue hacer algo público que antes se vivía en la esfera privada, era un problema que era evidente, solo que era evidente para un grupo. El hacerlo público creo que generó un efecto muy potente.
Cabe destacar que la totalidad de las trabajadoras del Observatorio contra el Acoso Callejero -hoy en día bordean las 50 peronsas- se desempeñan de manera totalmente voluntaria y sin retribución monetaria alguna, situación que Mónica sortea dividiendo su jornada laboral entre su consulta como psicóloga particular y su trabajo como miembro del equipo de estudios de la OCAC. Sobre el futuro no quiere predecir mucho ni demuestra tener nada seguro, salvo una cosa:
¿Qué legado te gustaría dejar tras tu desempeño en el Observatorio contra el Acoso Callejero?
Más que todo, poner sobre el tapete temas feministas y de agenda de género.

Revisa aquí una compilación de lo más importante que nos contó la voluntaria Mónica Molina

En el siguiente audio podrás escuchar la entrevista completa

La comunidad del parque

Declarado zona típica en el año 2006, el barrio Parque O’higgins enfrenta a vecinos que viven en el sector desde hace más de sesenta años y otros moradores que han llegado hace escasos años con la ilusión de rescatar el barrio y poner en marcha planes que promuevan un uso provechoso del lugar.  Mientras algunos habitantes denuncian que hace falta establecer una junta de vecinos que contribuya al diálogo, hay edificios de veinte pisos que le restan importancia a casas que datan desde los años veinte.

Durante los días sábado y domingo, son muchas las familias que deciden ir a pasar el rato al aire libre al parque. Tanto niños como adultos andan en patines, pedalean sus bicicletas o descansan en el pasto mientras comen algo. En paralelo, el parque de diversiones Fantasilandia abre sus puertas para recibir a aquellos que disfrutan de los juegos adrenalínicos. Al caminar en dirección al poniente, se encuentran algunas canchas de basketball que son muy cotizadas sobre todo por los jóvenes, quienes organizan desde encuentros para matar la tarde, hasta campeonatos que rivalizan a grupos de basketbolistas de diferentes comunas. Sin embargo, el paso de los visitantes del parque, muchas veces es fácil de reconocer; botellas, papeles y pañales son solo algunos de los hallazgos que se pueden encontrar a lo largo de sus ochenta hectáreas.

Pía Montealegre es una arquitecta que vive desde hace cuatro años y medio en la calle Beaucheff junto a su marido y su hijo, al frente de la entrada poniente del Parque Ohiggins. Cuenta que su motivación para irse a vivir a este barrio patrimonial de Santiago Centro, nació a raíz de la tesis que desarrolló para su magister en Desarrollo Urbano de la Universidad Católica. Sobre su relación con el resto de los vecinos del sector, explica “existen algunas organizaciones de vecinos del sector desde hace mucho tiempo pero son un poco cerradas (…) yo traté de participar en algunas de ellas y me di cuenta de que teníamos posturas muy distintas respecto al patrimonio, de hecho tuvimos fuertes enfrentamientos al desarrollar nuestros puntos de vista”.

Por su parte, Herman Valenzuela, quien también vive en Beaucheff, en la intersección con la calle Allende Padín, dice haber nacido en esa misma casa. Hoy vive junto a su esposa Margarita y su hija de nueve años. En su opinión, antes la junta de vecinos funcionaba muy bien y eran muy unidos. Tanto así, que la relación entre vecinos trascendía a los deberes de mejoramiento del barrio y se juntaban entre ellos a pasar el rato. No obstante, relata que hoy en día han llegado muchos habitantes nuevos al sector y que el vínculo entre vecinos ya prácticamente desapareció. A juzgar por la forma en que se refiere a estos nuevos moradores, se intuye que su rechazo se funda en la construcción de nuevos edificios que rodean las calles aledañas al parque Ohiggins, pues mientras habla de estos nuevos vecinos, apunta hacia un edificio en la esquina de Tupper con Beaucheff. “Nadie se saluda, si uno saluda no te saludan de vuelta, entonces uno ya no interactúa con los demás y se va aislando”.

Sobre los eventos que se realizan al interior del parque, tanto Pía como Herman dicen no tener reproches sobre el volumen de la música o desechos que podrían terminar a las afueras de sus casas. Sin embargo están de acuerdo en una cosa: la administración del Parque Ohiggins debería implementar regulaciones que ayuden a la conservación del lugar, pues, si bien el ruido no les molesta, al día siguiente de un evento organizado al interior del parque, ellos quisieran disfrutar del lugar sin tener que mover botellas para sentarse. La arquitecta denuncia “respecto a cómo mejorar la convivencia entre vecinos y usuarios, yo creo que hace falta poner el foco en el bienestar del lugar y no en capturar fondos”.

Marisa tiene 63 años y vive en la calle Club Hípico de Santiago a la altura del 1728. Respecto a la arquitectura del lugar, dice que su casa, al igual que muchas de la manzana, están construidas de ladrillo revestidas en adobe y que estos materiales han sido infalibles para los terremotos. Al preguntarle sobre la relación con sus vecinos, su versión discrepa con la de Pía y Herman, y explica que las dos casas que colindan con la suya son de personas que viven desde hace más de cuarenta años en el barrio, por lo que son viejos conocidos y se consideran muy unidos.

La gran mayoría de las casas comprendidas entre las calles Tupper y Rondizzoni están impecables, con balcones refaccionados y pintadas de diferentes y llamativos colores. El tener perro y estacionar el auto en la calle es algo que se repite, como así también una placa que enuncia “Yo cuido a mi vecino” pegada en el frontis de una gran cantidad de casas. Algunas son pareadas mientras que otras se encuentran solas en el terreno de tierra que les corresponde.

Lo que es común tanto a casi todas las residencias del sector como a sus dueños, es la idea de respetar, resguardar y proteger la identidad del barrio. Todos están de acuerdo en que el barrio residencial entre “los inmensos vacíos arquitectónicos que son el Parque Ohiggins y el Club Hípico” en palabras de la arquitecta Pía Montealegre, es un sector digno de rescatar y mantener “de punta en blanco”.

 

 

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